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Los cien años del nacimiento de Eduardo Gamba Escallón
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07/12/2012 -
Por Alvaro Castaño Castillo.

De mis dos hermanos, Eduardo Castaño era el más meritorio. Comenzó como mensajero u “Office boy” recorriendo todos los peldaños en la poderosa casa de drogas Parke & Davis hasta terminar como presidente de la entidad, en una lucha encarnizada con los inmigrantes judíos que los nazis arrojaban sobre las costas de Nueva York y junto a los holandeses, ingleses, españoles y competidores de toda clase. Esa lucha la libró Eduardo con zancadillas y codazos e hizo de él un hombre duro, de personalidad avasalladora.

Cuando terminé mi tercer año de Derecho en la Universidad Nacional, Eduardo me invitó a que viajara a Nueva York con el compromiso de regresar a culminar mi carrera. Lo cumplí. Cuando llegué a Nueva York en 1941, Eduardo me recibió con júbilo y me presentó al vicecónsul de Colombia en Nueva York, Eduardo Gamba Escallón. Con él congenié de inmediato. Era un hombre culto y apuesto, ocho años mayor que yo. Eduardo fue para mí, mi Nueva York.

Eduardo Castaño le dijo a su tocayo que yo tenía ribetes de intelectual y, en efecto, en la primera reunión que tuvimos le presenté el soneto que había compuesto en alta mar en mi viaje  Barranquilla - Nueva York durante un delicioso romance con una condesita de Albania.

El soneto tiene unos cuantos versos válidos:

El mar, el mar, de capas inseguras
como el amor que duerme en las oscuras
longitudes del Puerto ya perdido
abierto a las estrellas y a las muertes…


Eduardo Castaño me estaba entregando con Gamba a uno de los personajes que más influyeron en mi formación cultural. Hablábamos en todas partes y a todas horas de William Faulkner, León de Greiff, Rafael Maya, Pablo Neruda, Eduardo Carranza , Walt Whitman. En cuanto a prosistas y pensadores me introdujo en el mundo de Ortega y Gasset, que yo desconocía totalmente. Me prestó su libro de “Estudios sobre el amor”, que tres años después cuando regresé a Colombia, cumpliendo mi promesa hecha a mi padre, fue una pieza definitiva en la estrategia que desplegué para seducir el corazón de Gloria Valencia. Todos los días jueves nos reuníamos a jugar billar con los Eduardos, Bernardo Santacoloma, Samuel Otero y otros funcionarios del Consulado de Colombia.

Por las noches, a eso de las 10:00, yo arrancaba del departamento de mi hermano situado, en el número 224 del River side a la altura de la calle 96 frente al río Hudson y recorría una Manhattan solitaria hasta llegar al parquecito de Gramercy Park donde residía Gamba con su adorada esposa Leonor Zambrano. Allí mientras tomábamos un par de whiskies hablábamos de poesía:

“Oye, seremos tristes, dulce señora mía…”, comenzaba Gamba, a quien fascinaba este nostálgico verso de Maya. Luego venía el turno de León de Greiff.

"Esta rosa fue testigo"
de ése, que si amor no fue,
ninguno otro amor sería.

Esta rosa fue testigo
de cuando te diste mía!
El día, ya no lo sé
-sí lo sé, mas no lo digo-.
Esta rosa fue testigo....


Gamba me decía: “No desperdicies tus 20 años saliendo con niñitas desconocidas porque mujeres encontrarás toda la vida”. Se refería a lo “prohibido” en el Nueva York de ese tiempo: la patota la formaban Luis Zalamea, los hermanos Domínguez y el famoso Roberto Lañas Vallecilla, que nos resultó espía y que actuaba a favor de los alemanes contra los Estados Unidos. El último acto de espionaje que le probaron fue cometido pocos días antes de Pearl Harbor y eso lo salvó de la silla eléctrica.

Gamba continuaba: “Aprovecha este maravilloso Nueva York de los años cuarenta. Te voy a llevar a Citizen Kane, de Orson Welles que se estrena el martes próximo y para el cual ya compré dos boletas. Iremos juntos y la otra semana te llevaré a la obra teatral del famoso escritor armenio, William Saroyan, “Vigilia sobre el rhin”. En fin, hay tanta cosa que ver en Nueva York. Olvida por unos días a tus “churritos”, como dices tú y déjate llevar a esta agenda cultural.”

Creo que he trazado un aproximado perfil de Eduardo Gamba. Era mucho más.… El burló la clásica diferencia entre los estudiantes de ciencias exactas (Ingeniería, Arquitectura) y los estudiantes de Derecho, Filosofía y Ciencias Políticas. Reunía y dominaba todas las aptitudes como lo prueba su famoso libro El romanticismo en la física, seguido del Advenimiento del mito.

Cuando Eduardo murió en 1961 ahogado tontamente en las playas de Cartagena, durante un festival de cine, todos sus próximos protestamos desconsoladamente ante esta demasía del destino. Leonor Zambrano, su adorada esposa, al conocer la noticia cayó al suelo como si fuera fulminada por un rayo. Yo lloré amargamente y apenas me alcanzó la respiración para reconstruir la famosa Elegía, de Miguel Hernández a Ramón Sijé con quien tanto quería:

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta
no perdono a la tierra ni a la nada…

…A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


Pero lo que sitúa el nombre de Eduardo Gamba con letras de oro en la historia de la HJCK fue su actuación en 1951 durante el gobierno de Urdaneta Arbeláez cuando Eduardo Caballero Calderón, gran odiador, quien detestaba a la cadena radial Caracol por el simple hecho de que Alfonso López Michelsen presidiera su Junta Directiva, se sirvió a atacar las dignidades eclesiásticas por haber autorizado la trasmisión de la famosa novela “El derecho de nacer”, de Félix B. Caignet, que le daría a la cadena una gigantesca sintonía.

“Cuando suenan monedas en la sombra ni el cielo oye”, dijo Caballero. ¡Quién dijo miedo!, todas las sotanas episcopales, como una gran marea de tinta, invadieron el edificio Murillo Toro donde funcionaba el Ministerio de Comunicaciones para pedir que la licencia de la HJCK fuera cancelada en castigo a la blasfemia de Caballero. Una fuente confidencial me informó que el ministro Tomás Angulo había ya redactado la correspondiente notificación que decretaba el fin de la HJCK y no solo por la calumnia de Caballero sino porque yo, Álvaro Castaño, había omitido mandar a censura del Ministerio el original del artículo que él había escrito. Nunca me acostumbre a los rigores de la Censura.

En un momento feliz recordé que Gamba había sido profesor del ministro Angulo en la universidad y que me había dicho que era un hombre probo. Volé a la casa de Gamba y le rogué que defendiera la vida de la Emisora. Gamba me atendió de inmediato, pidió audiencia al ministro y le dijo, palabra más, palabra menos. “Señor ministro gracias por haberme concedido de inmediato esta audiencia. Me han informado que usted se prepara a cancelar la frecuencia de la Emisora HJCK - El Mundo en Bogotá. Si la noticia es inexacta me ruego me disculpe, si es exacta me permito darle los siguientes conceptos: conozco hace más de diez años a Álvaro Castaño Castillo, principal gestor de esa emisora. Puedo asegurarle, señor ministro, que se trata de un intelectual de verdad, un hombre de bien que profesa un profundo amor a Colombia y se prepara –como lo ha dicho públicamente- a “levantar el nivel cultura de la radio comercial en Colombia”. Cerrar la HJCK sería privar al país de una de sus fuentes de divulgación cultural más importantes. Señor Ministro yo me remito al concepto que usted debe tener de mí como profesor suyo que fui en la universidad. Finalmente, señor ministro, estoy en condiciones de asegurar a usted que el doctor Castaño Castillo no comparte los agravios que el escritor Eduardo Caballero Calderón ha proferido contra la jerarquía eclesiástica con motivo de la aprobación que ésta prestó a la Cadena Radial Caracol para la trasmisión de la radio novela “El derecho nacer”.

Le ruego tener en cuenta mi concepto antes de tomar una decisión que podría ser deplorable para el país.” Dictada o no la resolución que cerraba la HJCK, supuesta o no, la verdad es que nunca nos fue notificada. Yo siempre he tenido la convicción de que Eduardo Gamba salvó la vida a la emisora y por eso lo tengo situado en un pedestal.

Para conmemorar  los 100 años del nacimiento de Eduardo Gamba Escallón presentamos la propia voz de Gamba hablándonos de la poesía  de León de Greiff. (Escuchar Audio)
 
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Comentario de Rodrigo Castaño Valencia
El epazote.