Anton Bruckner empezó a componer su última sinfonía casi inmediatamente después de finalizar la Octava; sin embargo, la Novena quedó sin terminar cuando el compositor murió, nueve años más tarde. Hubo varias razones por las que, a pesar de su ferviente deseo de concluir la sinfonía, no pudo hacerlo. Su salud estaba declinando y presentaba claros síntomas de inestabilidad mental.
Una de las manifestaciones de su enfermedad fue la manía por revisar varias de sus sinfonías anteriores. Además, otro fanatismo se apoderó de él y minó sus energías. Su devoción religiosa, que siempre había sido fuerte, en sus últimos años quedo fuera de control. Su deseo de dedicar la Novena sinfonía a Dios es sintomático de su obsesión. Pasaba varias horas por día en ferviente oración. La ironía es que sus plegarias eran para tener más tiempo....tiempo para completar la Sinfonía en re menor. Bruckner a menudo decía: “Si Dios no se ocupa de mí para que concluya esta sinfonía, él debe asumir la responsabilidad de que no lo haga”.
El fervor religioso de Bruckner también es evidente por las frases del Padre Nuestro que anotó en varias páginas del final. En el momento de su muerte, Bruckner alcanzó a dejar concluidos los tres primeros movimientos. Así la Novena sinfonía como la conocemos hoy fue interpretada hasta 1922 por Siegmund von Hausegger.
El domingo 1º de julio, a las 12:00 del día, en la audición “El Músico de la Semana” presentaremos la Sinfonía No.9 en re menor, de Anton Bruckner. Interpreta la Real Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam bajo la dirección de Carlo María Giulini.
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